Durante muchos años, nuestro trabajo ha estado centrado en hacer buenos vídeos. En el sentido más literal de la palabra: cuidar la realización, el ritmo, la música, los planos, la coherencia de cada pieza. Y eso, en muchos casos, funcionaba. Los vídeos gustaban. La gente decía que transmitían, que estaban cuidados, que se notaba el trabajo. No era un problema de calidad ni de sensibilidad. El problema aparecía después.
Porque, una vez publicados, esos vídeos solían tener un recorrido bastante limitado. Un vídeo resumen de un evento, por ejemplo, con horas de grabación y muchas más de edición, acababa teniendo 200 visualizaciones, 50, a veces menos. Y ojo, esto no va de ego ni de perseguir likes. Va de una pregunta bastante más práctica: ¿qué retorno real está teniendo este esfuerzo para la empresa que ha invertido en él?
El foco estaba en hacer el mejor vídeo posible (y ya)
Si somos honestos, durante mucho tiempo estuvimos centrados en hacer el mejor vídeo posible, punto. No pensábamos en el hook de los primeros segundos, ni en el título, ni en la miniatura, ni en cómo ese vídeo encajaba con el resto del canal.
Esto no es algo que solo hayamos visto trabajando con empresas pequeñas o con pocos recursos. Nos lo hemos encontrado en marcas grandes y en agencias consolidadas. Había campañas, acciones, objetivos generales… pero muy poca reflexión sobre cómo se construye continuidad en un canal o cómo se genera valor más allá de una pieza concreta. Y, aunque suene fuerte, todavía sorprende la cantidad de “súper agencias de comunicación” que siguen operando prácticamente igual que en 2010.
El encargo típico
El patrón se repetía una y otra vez. Nosotros, como buenos frikis del audiovisual, siempre nos veníamos muy arriba con estos vídeos. Los hacíamos lo mejor posible dentro de nuestras capacidades. Cuando ves a tu cliente con la lagrimilla de emoción, piensas que has triunfado… y eso, durante un tiempo, te impide ver más allá.
El problema no era el resultado creativo, sino el recorrido.
Cuando esos vídeos se publicaban, las visualizaciones solían venir de un grupo bastante reconocible: gente de la propia empresa, alguna de la competencia, algún cliente puntual… y, por supuesto, tu madre y tu tía, que se agradece muchísimo el like, pero no es exactamente una métrica representativa 😄
Ahí es donde empezaba a chirriar algo.
No es un problema de números, es un problema de retorno
Conviene insistir en esto: no se trata de obsesionarse con cifras grandes ni de medir el éxito solo en visualizaciones. Es verdad que hay contenidos muy nicho que no necesitan grandes números para ser útiles. Mejor llegar a pocas personas relevantes que a muchas que no tienen nada que ver.
El problema aparece cuando esas pocas visualizaciones no son estratégicas, sino casi exclusivamente del entorno cercano. En ese caso, no hablamos de nicho, sino de falta de enfoque.
Y cuando eso se repite proyecto tras proyecto, algo no está funcionando. Muchos otros compañeros de profesión se quedarán tranquilos, pensando que han cumplido con su encargo, pero obviamente no es mi caso 😅
Aquí hay además otro factor importante: muchas marcas se autolimitan sin ser del todo conscientes. Ven su canal de YouTube como un repositorio de vídeos para la web, cuando en realidad podría ser un canal con entidad propia. Muchas de las empresas con las que trabajamos no dudaban del vídeo, dudaban de YouTube como espacio profesional.
El problema no era el algoritmo (era el sistema)
A un vídeo suelto se le suele pedir demasiado: que represente a la marca, que emocione, que funcione en un canal desordenado, que el algoritmo lo entienda y que, además, genere interés. ¡Milagros a Lourdes!
Ni el algoritmo ni las personas saben muy bien qué hacer con un canal en el que cada vídeo es completamente distinto. Si no hay una línea reconocible, es difícil que la plataforma sepa a quién mostrar el contenido. La gente no se suscribe por un vídeo puntual; se suscribe porque quiere ver más de eso que acaba de descubrir.
Ahí entendimos que cuando algo “no funciona”, casi nunca es la producción: es el formato, el enfoque y la falta de continuidad.
No borrar el pasado, ordenar el futuro
Hace poco leímos el informe La economía de los creadores en 2026, publicado por Kolsquare, donde se apunta a un cambio claro: las acciones puntuales pierden peso frente a modelos sostenidos en el tiempo, donde la coherencia y la continuidad construyen valor.
Nuestro interés por trabajar con programas viene de enfrentarnos una y otra vez a contenidos bien hechos pero sin recorrido. La pregunta dejó de ser “qué vídeo hacemos” y pasó a ser “qué estamos construyendo”.
Ordenar un canal puede ayudar, pero no lo transforma por sí solo. La diferencia está en el enfoque: decidir qué papel juega YouTube dentro de la empresa y qué formatos merece la pena sostener en el tiempo.
Nuestro trabajo hoy no consiste en producir piezas sueltas, sino en ayudar a diseñar sistemas de contenido que tengan sentido y recorrido para la empresa.
Del cuidado del vídeo al cuidado del sistema
Seguimos creyendo en el cuidado del audiovisual. La diferencia es que ahora sabemos que no basta. Lo que cambió no fue la calidad del vídeo, sino el enfoque.
Hoy muchas conversaciones con empresas no empiezan hablando de producción, sino de decisiones:
¿Tiene sentido YouTube para nosotros?
¿Quién debe liderarlo?
¿Qué tipo de contenido podemos sostener en el tiempo?
A partir de ahí es cuando tiene sentido hablar de formatos y programas.
Si estás en ese punto en el que haces buenos vídeos pero no ves recorrido, quizá no necesites producir más, sino decidir mejor. Y en ese proceso podemos acompañarte.
